25 años, una playlist de Spotify y París

25 años, una playlist de Spotify y París

Estuve en Londres más o menos cinco días, durmiendo en la sala del apartamento de un amigo y caminando sin rumbo y sin parar. Me levantaba con la vista más maravillosa y luego me invadía la ansiedad social de convivir tanto tiempo con alguien que no había visto durante más de doce años (que poco a poco se fue quitando). Recibirme en su apartamento de la forma tan peculiar como lo hizo, ha sido una de las cosas más maravillosas que alguien ha hecho por mí. Atesoraré por siempre todas las cenas y desayunos que me preparo (especialmente sus roasted potatoes).

Londres es, en estas semanas, un tema delicado, así que lo dejaré ir rápidamente, como lo dejé yo el quince de octubre. Me levanté temprano, con cierto grado de pánico por levantar temprano a mi amigo para llegar a tiempo al eurostar. Lo abracé con el pelo mojado y semi dormidos, nos despedimos después de no vernos durante tanto tiempo. 

Bajé a la estación de Shadwell (que quedaba justo a la par del apartamento) y descubrí la hora pico en Londres. Después de correr con desesperación y quedar estampada a mil paredes de vagones llegué a Kings Cross. No me dio tiempo de nada más que de correr al tren que me llevaría (por fín) a Paris. Honestamente me había rendido y había aceptado la realidad que el tren me iba a dejar, pero por suerte logré subirme.

Paris me había estado esperando desde el 11 de enero de 1990, es decir, desde el día que nací. 

Al llegar a París, después de dormir en el Eurostar y tratar de ignorar a un señor francés que me dijo que no me podía perder ir a Disney Paris, aparecimos en la estación Gare du Nord (esa misma de la escena de Amelie). Yo estaba determinada a hacer de mis días en París la experiencia más maravillosa de la vida, entonces sin siquiera ver las calles busqué el acceso al metro y me dirigí a la estación St Michel, en la línea rosada. Tuve que hacer sólo un cambio. Quería conocer a París en St. Michel. 

Frente a mí apareció un graderío que me llevaría a la superficie. Me detuve un momento. Había estado esperando este momento por años. Subí las gradas despacio y me detuve a la mitad a tomar esta foto, quería recordarlo por siempre y sentir lo que siento ahora, para siempre. 

Ahí estaba yo, de veinticinco años, con una mochila y mi playlist de Spotify (especialmente seleccionada para esta ciudad) y ahí estaba París. 

En ese momento respiré profundo, le di replay a la canción y taché de mi checklist mental de vida aproximadamente cinco ítems. 

Caminé un par de cuadras. Caminé despacio. Caminé con la mochila. Luego decidí que no podía seguir caminando en una ciudad tan bella con mi mochila de aventura encima. Llegué a la fachada del hotel que había visto tantas veces en la pantalla de mi celular. Había memorizado sus colores, sus ventanas, las bicicletas del frente

.Crucé la puerta y me recibió un gran escritorio rojo. Un inglés muy francés confirmó mi reservación y me entregaron una llave de metal bastante antigua y bastante grande. Sentí extraño llegar a un hotel sin tener que pagar por anticipado. Llevaba demasiado tiempo quedándome en hostales. Subí en un elevador viejo y logré llegar al cuarto. Era todo lo que yo esperaba y un poco más. Me senté en la orilla de la ventana a ver personas caminar por el barrio latino. Luego llamé a mi mamá (mi mejor amiga) y le dije "Por fín, ¡ya estoy aquí!". 

Me arreglé para París. Me peiné, maquillé y me puse una chaqueta hermosa de invierno (que compré en Londres para no ir cargando). Al bajar al Lobby debíamos entregar la llave antes de salir y te agradecían y se despedían en francés. Todos me hablaban en francés y yo solo sonreía como una tonta (si, como se están imaginando ahora). 

Caminé hacia Notre Dame, crucé el  puente, luego regresé en el siguiente y me perdí por ahí. Caminaba sin rumbo y con un hambre exagerada que no me dejaba pensar. Tenía tanto frío. Finalmente llegué a un restaurante, luego a otro, después a otro, no me decidía, estaba demasiado emocionada, hambrienta y friolenta. En una esquina se asomó un mesero que reconoció la cara de mujer histérica que tengo. Me sonrió como sonríen los guapos y me ofreció una mesa. Empezó a hablarme en francés (todos me hablaban en francés y yo quería entender con todo mi ser) y después de un "do you speak english or spanish?" se lanzó al inglés. Un adorablemente pésimo inglés. Me dijo que dejara de buscar, que me sentara, y sin preguntarme me sirvió una copa de vino. Pedí el especial del día (que irónicamente no recuerdo que era). Recuerdo todo, su sonrisa, la gente alrededor mío, las copas y botellas de la barra, las flores de la tienda frente al restaurante, menos la comida. Es muy curioso. El chico se paraba en la puerta y sonreía. Tenía una camiseta blanca y pantalón negro. Cada cierto tiempo me veía de reojo y creo que se enorgullecía de haberme hecho entrar al restaurante a que gastara mi dinero de turista ahí (y yo necesitaba eso). Luego salí, un poco menos confundida pero igual de idiotizada. Caminé un par de cuadras hasta llegar a la orilla del río. 

Paré en una esquina para cruzar la calle. Junto a mí se detuvo una chica. Se me quedó viendo. Me empezó a hablar en francés (yo seguía sin entender la razón por la que todos me hablaban en francés como si tuviera cara de entenderles algo). Le expliqué que no le entendía, y le pedí que me hablara en inglés. Ella no hablaba mucho inglés. Cruzamos la calle. Entre muecas, palabras en francés y palabras en inglés le expliqué que iba caminando al Louvre, pero que no entraría al museo aún. Ella no entendía que hacía yo sola en París. Me preguntó si estaba casada, le dije que no. Ella me dijo que tampoco, que quería estar casada, pero que no lo estaba. Además me contó que no tenía trabajo, que era muy difícil para la gente joven en París. Le pregunté qué hacía en el día. Luego regresó a exigirme una explicación del porqué estaba yo sola en París. Creo que hablé durante unos cinco minutos (sin parar) explicándole cómo todos mis sueños me llevaban a estar parada justo ahí en se momento hablando con ella. Fue una conversación extraña. Creo que algo le hizo click y fue mi primera amiga en París. Caminamos varias cuadras juntas. Pasa mucho que la gente cuando ve a una chica (que se vé más joven como yo) caminando sola en una ciudad siente (tristemente) la necesidad de cuidarla. Me pasó con unas señoras argentinas en Venecia que decidieron hacerle el favor a mi mamá y cuidarme unos minutos. Pero bueno, ya empecé a divagar. 

Luego de caminar durante varias horas y ver de lejos a la torre Eiffel, decidí regresar al hotel. Mi plan para la noche era única y exclusivamente ir a ver la torre Eiffel con un vestido rojo y una chaqueta negra. 

Salí a eso de las 10 de la noche. Bajé a la estación de metro, a tomar la línea amarilla que me llevaría a la torre Eiffel. Me puse mis audífonos y empecé a caminar, como bailando de la felicidad. Daba vueltas y corría. Por fín me subí al metro. Veía chicos guapos por todos lados y nos cruzábamos miradas y yo me reía. Lo más seguro era que yo tuviera una cara de pendeja enamorada y ellos pensaban que era por verlos. 

No entiendo muy bien por dónde salí del metro, pero corrí bajo una pequeña llovizna hacia la torre Eiffel. Quería verla desde uno de los jardines laterales. Los árboles escondían el brillante dorado de la torre. Había una pareja haciendo un pequeño picnic con champagne en una de las bancas, tenían a su lado un porta bebe. Caminé tratando de no tropezar en el lodo y por fin nos encontramos. 

Me quedé parada, como congelada, mientras el viento me despeinaba y yo sentía que todo me daba vueltas alrededor. Mi cara estaba fría, con pequeñas gotas y pelo despeinado volando alrededor. Por un momento, todo fue perfecto. 

Estuve más de una hora viéndola, caminando por ahí, viendo personas besarse y tomarse fotos. Yo daba vueltas debajo de la torre con Debussy bailando en mis orejas. Eso fue lo único que hice. Luego me senté en una esfera de cemento que había en una esquina y ví a un chico que estaba solo como yo. Pensé en hablarle, pero no tenía ganas de compartir el momento con nadie. Mi celular encontró señal de internet y me entraron un montón de mensajes de Gabe (el chico que conocí en el tren hacia Amsterdam). Sonreí mientras leía lo que me escribía y luego regresé a concentrarme en Debussy. 

Esa noche, ha sido la noche más maravillosa de mi vida. 

Estuve cinco días sola en París. Ha sido el único lugar donde he sentido que podría estar sola ahí por siempre. 

Escribiré mis recuerdos y sentimientos de esos días para poder recordarlos y leerlos las tardes como hoy, cuando todo lo percibo un poco más confuso de lo normal. 

Festival Gastronómico

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