25 y un ticket de avión

25 y un ticket de avión

A veces la vida te lanza algunas curvas indeseables. Afortunadamente, las indeseables se vuelven una buena anécdota si las sobrevives (y las cuentas bien). Otras veces, no tan afortunadas, las curvas te desvían y terminas con un carro inservible y un triste deducible.

Al llegar a mi primer día de trabajo (en la historia) me sentaron en un escritorio heredado, lleno de memorias, post its y papeles de otras personas. La mitad de estos nunca terminé de ordenar. Tan atemporal se sentía que nunca le puse mi nombre a los lapiceros y tijeras, siempre tenían el nombre de mi predecesora, a quien durante días y meses idolatré. Lo que si hice, fue cambiar el fondo de pantalla de mi enorme monitor. Revisé las fotos que el programa de Windows ofrecía, y entre estas se asomaba, curioso e imponente, el Big Ben (lo dejaré ahí asomándose, pensé. Este lugar -mi trabajo- me va a llevar ahí). 

Mientras sufría por adaptarme al trabajo y daba mil vueltas al edificio antes de estacionarme y bajar (con el pánico y los nervios de punta), mi vida tuvo un giro imprevisto. Un giro, un tanto dramático y un tanto como "crónica de una muerte anunciada".  Mi vida ahora era una confusión entre el Big Ben en mi monitor, y huir, como una dramática novela de Marquez, detrás de lo que no formaba parte de mi ruta. Lo cierto es que siempre quise una historia romántica un tanto dramática, una historia desgarradora tipo "amor en los tiempos del cólera". Esto me ha causado un tanto de problema, pero en fin, creo que ya me he curado de este trauma literario (en buenas y malas maneras). 

El asunto es que, mi monitor, el Big Ben y las medias opaque, seguimos en el mismo camino. Me dediqué a trabajar mañanas, tardes y noches; a examinarme de privados con demasiada improvisación; y, a experimentar distintas facetas de vestuario. Además, corrí por aceras (sucias con basura de cigarrillos y una que otra cerveza) de la mano de amigas que me salvaron la vida una docena y media de veces. Me encontré perdida (¿o me enfrenté?) un mes de julio en un reflejo de una vitrina, con un vestido y un corazón levemente roto y decidimos comprar una mochila para "backpacking" (en visa cuotas, porque era flashpacking). 

En mi mente los destinos posibles eran dos y uno era excluyente del otro. Las consecuencias de la decisión de uno, afectarían permanentemente las del otro. En un arrebato, me asomé con la tarjeta de millas y una nerviosa mamá, saqué todo el dinero de mi tarjeta de débito y en septiembre estaría rumbo a Madrid. La decisión, había sido seguir la ruta que había trazado de niña. Nunca podré entender los efectos que tuvo esta decisión en mi vida, pero estoy segura que se asoman por ahí un par de respuestas. 

Metí mi rutina en una mochila de 50 litros y no sé qué despegó más rápido, si la media docena de aviones en los que me subí, o mis alas. Podría arrepentirme por siempre, pero el viento que sentí en mis dedos me acompaña todos los días. 

Guardaré aquí, por el tiempo que dure esta plataforma, los pensamientos y sentimientos que vivieron en mí durante esas semanas. Los invito a correr debajo de la Torre Eiffel conmigo, a enamorarse en una estación de tren en Berlín, a perderse de madrugada en Nueva York y a sentir la libertad en sus dedos. 

El vuelo DL0906

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Guinness Brownies para el corazón

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