El vuelo DL0906

El vuelo DL0906

Cada familia tiene sus personajes. Estos personajes pueden ir rotando mientras pasa el tiempo. Usualmente cuando íbamos de viaje, mi mamá se encargaba de todo. Se encerraba en los baños del hotel en la madrugada a leer panfletos y planificar las actividades del día siguiente. Nos llevó de la mano a conocer a Van Gogh, Murillo, Monet, Degas... y cumplió sus sueños (y los mios). Detrás de su rápido caminar íbamos los tres, tratando de mantenerle el ritmo y el checklist.

También es la culpable de que tenga una foto con el autorretrato de Van Gogh que está en el Metropolitan mientras hago cara de pánico de oír al policía que nos regañaba  por tomar fotos (antes de la era del smartphone). 

Mi mamá me convirtió, sin saberlo, en ciudadana del mundo. 

Uno de sus sueños siempre fue ir a Nueva York. En el año 2005, con todas las agallas del mundo nos montó en un avión, y aparecimos, como por arte de magia, frente a la Grand Central Station. De las imágenes mentales que tengo de mi juventud, esta ha sido impactante. Recuerdo bajarnos del bus con las maletas (siempre he detestado las maletas de mi casa), ver hacia arriba y sentir como si me bajara de un carrusel. Fue espectacular. 

Diez años después, luego de dejarle un manual de instrucciones (listas de posibles hoteles, hostales, direcciones, teléfonos de amigos, cuentas bancarias, orden de transferencias, claves, rutas, etc. etc.)  el vuelo DL0906 (con mi mamá en el corazón) me llevó a Manhattan. Ahora era yo la que veía en la madrugada blogs de viajes (porque ahora no se ven los panfletos) en un cuarto de hostal que era probablemente del mismo tamaño que el baño en el que mi mamá se encerraba para no despertarnos.

El vuelo que me llevó a la gran manzana tiene una historia un tanto simpática. Estaba sentada en la ventana, donde usualmente colocan a las personas que van solas. A la par tenía a un chico guapo y en el asiento del pasillo,  una señora un tanto insoportable. Para ser honesta, mi parte favorita de los vuelos es el despegue. Me gusta ser super ridícula y ponerme mis audífonos con música de aventura a la que le doy play justo en el momento en el que el avión acelera para elevarse (yo sé, soy una vergüenza de persona). La mayor parte del vuelo no hablamos. El chico guapo iba viendo videos en la pantalla de la aerolínea, y yo iba saltando de canción en canción en mi spotify. La señora insoportable, nos pedía favores cada cierto tiempo y dibujaba extrañas caricaturas de payasos en unos cuadernos. Ya avanzados en el vuelo, platiqué un poco con el chico a la par mia. Le conté que iba rumbo a barcelona pero que estaría un día en Nueva York. Al escuchar Barcelona, empezó a contarme todas sus aventuras del último viaje que había hecho en Barcelona y lo espectacular que era. Hablamos de restaurantes, calles, bares, y comida, mientras la señora extraña nos veía con consternación. Era evidente que la señora quería intervenir, y nos dijo, en un típico acento gringo, "La comida en Barcelona y España es fatal. Mi hijo vivió ahí y nunca podía comer. Siempre tenía que cocinarse o comer McDonalds porque era lo único decente." No sé quién se ofendió más, si mi compañero de asiento o yo. Luego de una larga explicación de la cultura culinaria de España, sus platillos, Cataluña y el paraíso del Jamón Serrano, creo que se rindió a nuestro bullying gastronómico.

Luego anunciaron que íbamos a aterrizar. La señora (que a todas estas estaba impresionada que una persona de Guatemala supiera hablar inglés) me pidió que grabara con su celular todo el aterrizaje. Hizo que practicara grabar como tres veces (mientras se abalanzaba sobre el joven guapo pelirrojo y el me hacía caras y nos reíamos). 

Para los que han tenido la fortuna (como yo, pero sin tener que grabarlo para alguien más) de aterrizar en el aeropuerto de LaGuardia, saben que están viendo para afuera y aparece la estatua de la libertad, y poco a poco se asoma la ciudad. Es un ESPECTACULO.

Ubiqué mi mochila y estaba lista para encaminarme al hotel a eso de las 12 de la noche, así que el metro ya no era una opción. Hice una graaaaan fila para tomar un taxi (todavía no era master fan de Uber) y me tocó irme con un señor de Balgladesh que no me entendía y yo menos a el. Le enseñé el celular y por fin dio donde quedaba el lugar. Tengo que ser super honesta, iba re asustada y fuimos a dar una gran vuelta hasta que paramos en una gasolinera. Cuando paramos en la gasolinera vi como varios hombres nos veían llegar y saludaban al bendito taxista (por un  momento pensé, tanto esperar este viaje y hasta aquí llegué- re exagerada yo sé). El desgraciado lleno el tanque con el medidor de tiempo andando. Yo la verdad estaba tan asustada que me valió y dije, con tal de llegar, no me importa pagarle 5 dólares más. Volvimos a encaminarnos y entonces cruzamos el puente y empezaron a asomarse todas las luces, edificios, calles y ya me sentí más ubicada (y feliz). 

GHYU

GHYU

Me quedé en el Pod 51, en la calle 51 de Midtown, unas cuadras de la Grand Central Station (por el pequeño romance que tenemos). Me dieron mi llave, subí al pasillo, y entré a un cuarto que era como una pequeña caja de fósforos. Los inodoros y duchas se compartían y estaban en el pasillo. Tenía demasiada emoción, miedo, nervios en mi sistema entonces era ridículo quedarme en el mini cuarto, así que decidí salir a caminar (total es la ciudad que nunca duerme).

Pues resulta que los lunes, la ciudad si duerme. 

Decidí salir a caminar como a la 1 de la mañana, estrenando mi google maps y completamente segura que solo con descargar la ciudad este iba a funcionar sin internet. Empecé a caminar, cruce dos veces y luego seguí recto, recto, recto. Me pareció curioso no volver a cruzar, así que revisé la aplicación y perdidísima. Tuve que pedir un taxi, que me llevó a Times Square, donde ví las clásicas benditas semidesnudas disfrazadas de la estatua de la libertad. Caminé de nuevo y sentía pánico. Estaba acelerada, sudaba frío, las calles estaban vacías y habían un resto de vagabundos. Tomé otro taxi. 

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Cuando por fin me acosté a "dormir" a las tres de la mañana, ya no estaba tan segura que viajar sola fuera una genial idea. En ese momento, quise que mi mamá estuviera encerrada en el baño planificando el día siguiente, o tan solo que mi cuarto tuviera baño adentro para no tener que planificar cómo me iba a bañar en la mañana. Esta es la parte poco heroica y poética  de viajar solo. Las noches en las que te sientes paralizado de pensar que vas a estar solo por determinada cantidad de tiempo y no tienes ni idea qué hacer. Te ves a tí mismo solo en un hotel/hostal con una lista de once ciudades desconocidas por recorrer. Pero, como todo en esta vida, a veces las cosas que más valen la pena, requieren un poco de valentía.

 

 

 

 

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