Dos Pablos en Mercado 24

Dos Pablos en Mercado 24

La primera vez que conocía Pablo Díaz lo conocí en forma de Pato y Pancetta una noche lluviosa del 2016. Llevaba mucho tiempo con ganas de ir a Mercado 24. Entre la lluvia, el neón, el pato y la risa de mi hermano, creo que ha sido una de las noches más alegres de la historia. Esa noche lluviosa decidí que Mercado 24 era mi restaurante favorito.  

La vez que realmente conocí a Pablo Díaz fue con una sopa  y una plática de mis dramáticas penas en su barra. Nos asomamos a cuatro grados con una amiga después de que me rompieran (por mi culpa) levemente el corazón el día antes. Así que literal, fue una sopa y una plática directa al corazón. Recuerdo que le pregunté a Pablo qué me recomendaba pedir, y me dijo - "Hoy tengo una sopa buenísima".

Yo iba con el pato de la última vez volando en la cabeza, entonces me costó decidirme (y el me hizo una cara de para qué me pregunta qué le recomiendo si va a pedir otra cosa), pero al final le hice caso. La sopa tenía unas maravillosas flores de calabacín, tempurizadas, y cabezas de camarón rellenas. Me terminé la sopa, las flores y demás, y Pablo se dio cuenta de cómo veía las cabezas de camarón con la cuchara en mi mano. "Eso te lo comés con las manos."

Resulta ser que (como hablo hasta con las piedras), en la más de media docena de veces que he ido,  poco a poco me he hecho amiga o conocida de muchos del staff de Mercado 24. Siempre que voy es distinto, puede ser que yo llegue distinta o que el lugar esté distinto, pero siempre es bueno. Lo bonito es que no es que yo sea muy amigable o popular (créanme no soy relevante), resulta que la mayoría de personas que llegan a comer ahí saludan a todos como llegar a comer a la casa de un amigo.

Resulta que andar vagabundeando sola por ahí es para mi un arte aprendido. Existe una falsa creencia que para pasarla bien, o ser adecuado en algún lugar, necesitamos estar con alguna persona o lograr entablar conversación en un grupo. Esta idea nos invade y nos vemos en la necesidad de encajar. Nos preguntamos inconscientemente, ¿Será que va a ir alguien que conozca? y trepamos con nuestros dedos nuestra lista de contactos buscando a "esa amiga alera" o a ese "chico guapo con el que me he estado whatsappeando" para determinar quién será nuestra muletilla para ir cómodamente al lugar que queremos ir. 

Para mí, eso terminó. Descubrí de varias maneras que disfruto enormemente ir sola a distintos lugares y tomarme el tiempo de disfrutar lo que me gusta hacer, comer o ver. Puede que sea una consecuencia de mi tendencia complaciente (y lo cansada que estoy de eso), o  que simple y sencillamente me gusta pasarla bien haciendo lo que se me da la gana. Este proceso no es sencillo y está lleno de silencios incómodos, mentes que vagan, y dedos temblorosos que pasean en mesas o bancas. Poco a poco te vas dando cuenta que realmente no tienes que estar haciendo algo, simplemente puedes solo "estar". (Mi sincera admiración para las personas que estar solas nunca les significó un reto)

Un domingo, publicaron en la página de Facebook e Instagram de Mercado 24 una cena llamada "El Chino-Latino" que sería preparada por Pablo Diaz y por Pablo Soto (otro de los chefs que he conocido por historias cómicas- aunque estoy segura que el no sabe quién soy- por un amigo que trabajó con el). La descripción de la cena decía "Los Domingos traen buenas noticias. CHINO-LATINO (Por chinos y latinos) 1 Feb 350 por persona Tanta comida que no sabrán por donde empezar." La mesa tenía 26 espacios disponibles. Entonces, escribí pidiendo dos espacios, me pidieron que llamara el lunes a confirmar. Resulta que mi "alero" de la vida (mi hermano) andaba de viaje. Mi chat de amigas era una granja de grillos (nadie me contestó) y entonces mejor llamé por teléfono y pedí solo un espacio.

Resultó siendo una de esas noches, de las que recuerdas colores, sabores, sonidos y felicidad. 

Cuando llegué, iba solo con medio tacón sobre la tierra. Volando en "problemas" y con hormiguero constante en mi cara. En contra de la creencia de "no necesitas alcohol para pasarela bien" y para salir de mi ataque de ansiedad, pedí un gin y me senté para que se me pasara. Resultó que encontré entonces a mi profesor en ACAM, Luis Herrera, y me dio una inmensa felicidad saludarlo y platicarle. Luego se fue a supervisar, como hace siempre, lo que hacían sus amigos en la cocina. Después encontré a un conocido del pasado, igual, small talk de la vida y cosas así. 

En la barra estaba un batallón de personas observando la preparación de los platillos que íbamos a comer. La gran mayoría de personas que asistieron al evento eran personas con amplios conocimientos culinarios, entonces se veía un genuino y placentero interés en esa maravillosa barra. En la esquina opuesta, estaba una señora (que luego me enteré que era colombiana) leyendo un libro de Miguel Angel Asturias. Leía entre el bullicio, la peculiar playlist del día y las bebidas que bailaban a su alrededor.

En las cenas especiales que he asistido de M24, se coloca una sola mesa que se arma de todas las mesas del restaurante. Es un elemento esencial de estas cenas la convivencia que existe con todos los invitados. Al final de la mesa se sentó mi amigo del pasado con su grupo de amigos y botellas de vino. En el inicio de la mesa había una pareja que hablaba entre francés y español. Me senté medio cerca de la pareja (lo suficiente como para no mal terciar) y empecé a escribir un poco en mi cuaderno, mientras tomaba mi gin y recordaba mi actitud de "salir sola". Poco a poco la mesa se empezó a llenar. Frente a mí se sentó Luis Herrera (el chef de ACAM) y a su lado un alumno de ACAM. La pareja se reubicó para que estuviéramos todos más juntos. Al lado mío se sentó una señora que no dejaba de sonreír y que se notaba que iba sola y al lado de ella la misteriosa colombiana del libro. Le hablé a la señora sonriente, preguntándole si iba sola, y al recibir un sí, le dije "pues yo también entonces me siento con usted". Se llenó y juntó la mesa, me moví al otro lado de la mesa, al lado del Chef y conocí a un costarricense que había trabajado en la fototeca. La pareja bilingüe resultó ser parte de los pares de L'Aperó. La hermosa señora sonriente estaba siendo tan feliz porque era la mamá de Pablo Soto (que estaba de visita) y que me contó un poco de su día a día. La Colombiana resultó ser genial, y más genial porque estaba leyendo Asturias. Yo sentía la felicidad en todos los poros de mi cara. Avanzada la noche aparecieron los panaderos de Fado y otras personas con las que no pude platicar.

La mesa tomó vida con las velas, el vino verde y los platos chino latinos.

Pablo Diaz abrió el evento con un róbalo curado y kimchi con mango verde. Los platillos se compartían entre tres personas (menos o más, a veces robábamos de otros platos) y los palillos chinos bailaban en las manos de los extraños que por una noche parecían una feliz familia disfuncional. Quisiera describirles todos los platos, pero creo que lo haría con súper mala terminología y mejor les lanzo fotos (hay chicharrón de patas de pollo y panes al vapor que tengo que aprender a hacer). 

Para terminar el festín, se sirvió el postre. Unas esferas hechas con harina de arroz y con diferentes rellenos, con un poco de mango. Va a sonar super extraño, pero, ¿recuerdan la sensación que se tiene cuando se besa a alguien por primera vez? Pues fue algo así. Al colocar en la lengua una de estas esferas, no sabes si es una gomita, un chicle o qué. Fue algo genial. 

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El tiempo transcurrió tan rápidamente que llegó la hora de irse. Saludé y me despedí de algunas personas y me escabullí por la puerta. Regresé a mi realidad, aún con el hormigueo, pero con una nueva energía compartida y un feliz recordatorio de todo lo lindo que aún no conocemos. 

Lanzo un agradecimiento a la familia de M24 que siempre, sola o acompañada, me han hecho sentir en casa. 

 

 

 

 

Amor en la estación Hauptbahnhof

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El vuelo DL0906

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