Amor en la estación Hauptbahnhof

Amor en la estación Hauptbahnhof

Desde que tengo memoria quería llegar a Berlín. No sé si será mi locura, pero siento que hay lugares del planeta que nos llaman, sentimos en lo más profundo que debemos ir, debemos estar ahí. Honestamente no sé qué me llamaba a Berlin. Decidí hacerme el favor de cumplir mis sueños y aparecí con un vestido rojo, medias negras y una chaqueta (y mi mochila de flashpacker, cual ridícula) en Berlín. 

Lo primero que hice fue pararme en el East Side Gallery, monumento internacional de la libertad, y símbolo de tanto. La East Side Gallery consiste en una fracción del Muro de Berlín que fue conservada como monumento a la caída del Muro de Berlín en 1989. Esta fracción tiene 1,316 metros de largo y es considerada la galería al aire libre permanente más grande del mundo. Varios artistas de muchas nacionalidades fueron invitados para realizar murales, de varios temas, en el muro. Algunos han sido más famosos que otros, pero coloco algunos de mis favoritos. 

Este es puro vandalismo, pero me impactó.

Este es puro vandalismo, pero me impactó.

En lo personal crecí con la ilusión terrible de llegar a este lugar y ver "el muro" y sentir, a través de los años y el viento, la felicidad, emoción, frustración, rabia... que se sintió en ese lugar por tantos años. Tengo la convicción que es imperativo que las naciones trabajen en preservar monumentos que nos recuerdan a etapas de la historia de la humanidad. No sé si ustedes, pero yo tenía una imagen mental del muro y procuré no ver fotos antes de llegar. Al verlo, la mayoría de personas se decepcionan un poco por no ser una estructura arquitectónica monumental. La pared no es tan alta, y es realmente desgarrador ver la curvatura de la parte superior, para que nadie pudiera agarrarse a ella. La realidad es que el Muro de Berlín no solo estaba compuesto de un muro, sino de dos, y entre estos dos muros había una franja denominada "la franja de la muerte". Esta franja fue el lugar donde muchas personas perdieron la vida en un intento valiente y desesperado, así que con mucho respeto describiré en qué consistía la "franja de la muerte". Entre ambos muros había, un foso, una alambrada, una pequeña carretera en la que circulaban vehículos de vigilancia, sistemas de alarma con bombas, armas automáticas, varias torres de vigilancia y patrullas incluso con perros. 

Con mis audífonos puestos y un viento peculiar, caminé la fracción del muro completa mientras aparecía y desaparecía el atardecer.  Luego caminé a un pequeño bar (que me recomendó la chica que trabajaba en la recepción del hostal) con "el mejor schnitzel" que se llama Scheers Schnitzel. Me atendió una pareja (un señor mayor y su esposa). Prepararon todo de cero mientras converabamos un poco de comida, cervezas y del barrio (nos comunicamos entre inglés, alemán y señas- aparentemente soy buenísima para las señas). Regresé a dormir con un estomago lleno de felicidad.

Pasé tres días y medio caminando en Berlín. Caminé bajo el sol, las nubes, la lluvia, las estrellas y siempre hubo un viento peculiar. La experiencia de Berlín para mi fue complicada. Me tomé el tiempo de visitar sitios históricos y entender lo sucedido. La realidad es que estaba sola y realmente el impacto psicológico y las historias tremendas me afectaron el ánimo.

Mi última noche en Berlín decidí regresar más temprano al hostal y lanzarme a una aventura llamada "anti pub crawl". Resulta que en varios países existen estas aventuras denominadas "pub crawls". Estos consisten en "tours" de bares y abundan en los hostales. Normalmente se encuentran los anuncios en el Lobby y uno se aparece a la hora designada y conoce personas curiosas. El guía, usualmente local o un extranjero que vive en la ciudad, se encarga de adentrar al grupo de amigos en una aventura nocturna mientras todos pierden el control (pero curiosamente no se responsabiliza que uno regrese vivo al hostal, pero esa es historia de otro día). Los bares varían dependiendo de la ciudad y del tipo de pub crawl que se trate. En Berlín este se llamaba ANTI pub crawl por ser organizado por personas locales y por no ir a los bares y discotecas de moda. Los guías buscaron bares extraños y únicos en Berlín en los que veríamos realmente a la gente de Berlin de fiesta y no un bar de turistas con shorts que llegan debajo de la rodilla y tenis.

Quisiera haber guardado algún recuerdo fotográfico de esa noche,  pero la felicidad no me permitió  tomar alguna. El primer bar fue un bar que simulaba ser un bosque encantado, con todo y hongos que lo hacen a uno alucinar. Corrimos con vasitos de shots entre las calles y nos bajábamos de vagon en vagon. Aparecimos en  un bar que tenía un cuarto donde un mago presentaba shows de magia. Como en la mayoría de noches donde uno toma un poco de más, me alié estratégicamente con un australiano (Europa está llena de australianos) que me molestaba por mi incapacidad de tomar shots en un solo trago. La noche nos llevó a un estacionamiento que tenia contenedores apilados. Tocaron una de las puertas, dijeron un nombre y nos dejaron entrar. Era un bar underground donde solo venden vodka que se llama Le Bums. Me dio tanta risa cuando por fin encontré el nombre en google y vi fotos del lugar (me recordé de eventos y conversaciones que había olvidado). La siguiente parada fue  una discoteca/casa de terror y por último a un bar decorado como los años 20. Eventualmente entre los saltos, las risas y el viento en las calles, el reloj marcó  las 5 de la mañana, así que escapé en un taxi directo al hostal. Al día siguiente tomaba un tren a las 9 am. 

Realmente no importaba si dormía o no, lo importante era ver todas las ciudades de madrugada.

Por más esfuerzo que hacía para mantenerme despierta en los trenes y ver los paisajes, el cansancio hacia que literalmente me quedara tirada en el asiento. Enrollaba mi mochila y mi bolsa a mis brazos y piernas y listo. En mi mente la noche de desvelo se vería compensada por un fantástico sueño en el tren de seis horas que me esperaba esa mañana. Al despertarme me arrastré de la cama y entre el frío y el viento huí hacia la estación Hauptbahnhof para tomar un tren hacia Amsterdam. 

Llegué temprano a la estación, para despedirme con tiempo de Berlin. Aproveché a comprar los últimos pretzels  y caminé mientras observaba a las personas y todo se me caía al piso (como siempre). 

Afortunadamente, mi ticket de tren estaba en redactado en alemán. No ubicaba por ningún rincón el número de asiento que tenía que ocupar. Hice rápido un análisis de la plataforma mientras el tren se asomaba y ubiqué un chico guapo con una mochila.  Pensé "Ese bendito se ve mochilero, de plano sabe más lo que está haciendo que yo". Me lancé a hablarle con un casual "Hi, do you speak english?"

-Disclaimer-

Tendré que ser vergonzosamente honesta y admitir que de mis historias románticas favoritas de la vida siempre han sido las historias de amor enaeropuertos / estaciones de tren / estaciones de metro, así tipo segunda guerra mundial, (ya les había pedido perdón anticipado por mi trauma con los aeropuertos). Este mi traumatismo se había cultivado junto a la canción "20 de Enero" de la Oreja de Van Gogh (para todas las que pasaron su adolescencia en la misma época que yo). Así que podemos decir que era una de esas experiencias añoradas de la vida. 

-Fin del Disclaimer-

Cruzamos algunas palabras y me tomó del brazo para subimos al primer vagon que encontramos.  En cuestión de minutos (y de un "Yes, I do speak english") había pasado de ser una viajera solitaria que dormiría en el tren a una viajera que iba acompañada. En el vagón todo estaba más elegante de lo normal. Le aseguré que ese vagon era de primera clase. El insistía que nos quedáramos ahí. Se veía bastante contento del cubiculo con hermosas puertas de vidrio del que nos habíamos apropiado (después me confesó que quería quedarse ahí porque quería besarme). La felicidad del cubículo lujoso duró hasta que una señora alemana (así como se la están imaginando) revisó nuestros boletos y nos expulsó de primera clase (y yo pude hacer mi cara de yo tenía razón).

Caminamos de vagón en vagón (entre miradas, risas y yo tropezando con mi mochila) hasta que encontramos un espacio para los dos. Luego de pasar una hora  (o tal vez un poco más) hablando, nos percatamos que nunca nos preguntamos nuestro nombre. Nos esperaba un camino de cinco horas en tren, parecía suficiente tiempo. 

En un vagón con asientos azules alrededor de paisajes que se escapaban por las ventanas logramos esa conversación que sucede usualmente en la madrugada. Si me entienden, son esas conversaciones que te hacen ver a la otra persona con los ojos un poco más brillantes. El tren avanzaba a toda velocidad como una canción de aventura y yo quería alargar las horas.

Cada cierto tiempo veíamos el mapa y calculábamos cuánto tiempo más  íbamos a pasar juntos en el tren, como atesorando cada minuto.

Nuestras rodillas se tocaban y a mí se me olvidó que no había dormido. Nos observábamos con los ojos achinados, mientras tanto yo me reía internamente al darme cuenta que el me veía la boca cada cinco minutos. 

Hablamos de todo y de nada. Hablamos del pasado, del presente, del futuro. Hablamos de ciudades, de aventuras y de lo genial que hubiese sido conocer Berlin juntos. El trataba de convencerme que me bajara con el en Rotterdam, yo presumía que si había logrado tener un cuarto de hotel en Amsterdam el fin de semana. Comparamos rutas de viaje, dónde coincidiríamos, qué teníamos que ver, mientras  recostábamos nuestras cabezas en los asientos. 

Cuando faltaban dos horas en el tren, en un momento de silencio, intercambiamos teléfonos y decidimos reunirnos dos semanas después en Madrid. 

Gabe se bajó del tren tres estaciones antes que yo para tomar otro tren a Rotterdam. No supe de el hasta tarde en la noche, luego de una tarde de aventura en Amsterdam.

El mensaje decía "Good thing you texted me because you put your number in wrong."

El Mercado de la Terminal- un fénix en la zona 4

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Dos Pablos en Mercado 24

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