Un poquito de calor

Un poquito de calor

Mientras van pasando los días, y la Semana Santa se escurre en nuestros calendarios (un tanto alarmante lo rápido que pasa el año) el calor se asienta en nuestras casas, oficinas, carros y calles. Siento delicioso caminar bajo el sol usando un vestido con aquella necesidad de algo fresco que hace que quiera vivir con una granizada en la mano. La ciudad se ha adornado con jacarandas y matilisguates. Estas fechas marcan un ciclo completo en mi vida, y la hermosa ciudad floreada me recuerda que tengo que aprovechar el tiempo.

Pronto se irán las flores, el calor y los mangos. 

Ultimamente he decidido aprovechar al máximo los días y mantenerme lo más ocupada posible. Afortunadamente me la paso corriendo por la ciudad y caigo rendida en mi cama lanzando mis tacones al mismo rincón todos los días. Sin importar el cansancio y la billetera que se vacía más rápido de lo normal, he logrado experimentar y conocer lindas personas que andaban vagando frente a mis narices. 

Se asoma la Semana Santa y los planes a futuro (y mi lista de pendientes) harán que me resguarde en la ciudad durante estos días de calor. Lo cierto es que muero de la emoción por hacer tantas cosas con la ciudad vacía (especialmente montar bicicleta debajo de las jacarandas y matilisguates, comprar pescados y comer mango en aceras desconocidas). Así que, con el único objetivo de obligarme a mí misma a no resguardarme en una maratón de Netflix (posiblemente malinfluenciada por las pocas ganas que tengo de secarme el pelo) hago este unilateral compromiso de mantenerme en la calle más de lo normal, con mi cuaderno de dibujo y libros pendientes. 

Ya es lunes, las calles no tienen carros ni motos escurridizas. Escucho la playlist de un amigo en spotify mientras avanzo en mis pendientes laborales. El calor se escurre por todos lados y el aire acondicionado logra vencerlo un momento. Los pendientes se trepan a nuestra lista del día y Sofia (mi genial compañera de oficina, y sí, Sofia sin tilde, como mi nombre) y yo nos atoramos de la risa mientras hablamos de mis fallidas y divertidas historias de amor (Sofia me reta a que haga tonteras y yo, como no tengo dignidad alguna, las hago y las dos nos reimos cuando funcionan).

El martes hace una aparición estelar dejando un sentimiento como de viernes desesperado en nuestras mentes. Aprovechando que no hay muchas reuniones en este día, están pintando la oficina, entonces nos drogamos un poco con el olor a pintura y Sofía se ve más desesperada de lo normal. Pasamos todo el día en carreras (informes, contratos, correos, llamadas, dudas...) hasta que se asoman las seis de la tarde y salgo huyendo del edificio, con el delicioso atardecer rosado y una ciudad sin tránsito.

El martes por la noche, por la pura gana de molestar, decido por fin probar suerte haciendo gnocchis (mientras me termino una botella de vino que descubrí por ahí). La impaciencia me cobró factura y tuve que hacer la masa dos veces. El resultado estuvo bien, no genial, pero para que esté genial hacen falta un par de noches más aplastando papas (hasta que esté completamente feliz les compartiré la receta). Mi mamá me observa desde la mesa de la cocina, despreciando el desorden que estoy haciendo. No me deja terminar de cocinar y ya está detrás mío guardando todo. Termino la salsa pomodoro y los gnocchis a eso de las diez de la noche y me siento románticamente con la caliente pasta y una torre de queso a ver Mad Men (podría decirse la serie televisiva más feminista que he visto). Me acabo la botella de vino y me voy a dormir con un leve cosquilleo en los pómulos y en el corazón. 

El miércoles se asoma y me levanto temprano a una reunión donde tomo el peor café de la historia. Me lanzo directo a la zona uno, y veo los puestos que se colocaron en la plaza llenos de frituras, torrejas, chicharrones, y demás. Antes paso corriendo a Caravasar a reservar el último pedazo de pastel de Matcha que hay. 

Las palomas andan desatadas y los niños corren (como yo de niña) asustando a las palomas mientras se atoran de la risa. Llego a la entrada del Palacio Nacional (mi estructura favorita de la ciudad, bueno está empatada con el centro cívico) con toda la emoción de entrar al tour de las 2 de la tarde. El Palacio Nacional tiene tours gratuitos para Guatemaltecos de lunes a viernes. Los tours inician a las 9 am y el último sale a las 4 de la tarde. Lastimosamente, estos tours no están disponibles los fines de semana. El palacio cierra sus puertas para la auto denominada "fuerza laboral" (alias yo) y turistas de paso por el finde semana. Entonces, al enterarme por Facebook que los museos estarían abiertos hasta el miércoles me lancé al Palacio Nacional al tour de las 2 de la tarde. Cuando llegué, entré como usualmente lo hago al llegar a un lugar que me gusta (con toda confianza) y fui perseguida e interrogada intensamente por una chica del Ministerio de Cultura y Deportes.

- "¿A dónde se dirige?"

Mi mente sarcástica quería decirle "A la carreta de tacos señorita" pero me aguanté lo insoportable y le dije que entendía que a las 2 salía el tour. 

-"Pues el Palacio ya está cerrado, venga hasta el lunes."

Me le quedé viendo con cara de odiosa y le dije que no entendía (no quería entender). Será en otra oportunidad que pueda vagabundear por ahí y maravillarme de estructuras ocultas y presentes en nuestro día a día. 

La última vez que fui al Palacio Nacional fue en una excursión del colegio. Ibamos elegantes porque ese día nos tomaron la foto de clase. Yo tenía un vestido floreado rosado, tacones negros con una pequeña hebilla (que tanto le gustaban a mi mamá) y un suéter de algún tono rosado que coincidía con una de las flores del vestido. En esa época tenía fleco, frenos y estaba enamorada de la mitad de los chicos que conocía. Tengo memoria fotográfica, entonces recuerdo con mucho cariño lo espectacular que me parecieron algunos salones, murales y vitrales. Es normal ir cambiando al avanzar en los años y lo más probable era que estuviera más interesada en ver chicos o mi ropa, que en ver el palacio, así que por eso tengo tantas ganas de volver a ir (ya en conciencia).

 Les dejo un link donde cuentan la historia de los vitrales y el interesante trabajo de restauración que el personal del Palacio Nacional ha realizado. 

Me paré en la acera rodeada de turistas con viseras (esas gorras que tienen un hoyo en la cabeza) y cangureras. Una guía les insistía que se subieran al bus, como si fueran vacas y nadie le hacía caso. Crucé la calle como rebelde y caminé de nuevo en las ventas de comida hasta llegar a Caravasar.  En Caravasar, como siempre, todo era acogedor. Comimos delicioso y por fín me quité la gana de su famoso paste de Matcha y tomamos te chai (del de verdad) mientras observaba por todos lados y me imaginaba lo lindo que sería poder alquilar el local que queda justo enfrente y poner cualquier cosa. 

Lasagna vegetariana del día y pan pita con falafel de Caravasar

Lasagna vegetariana del día y pan pita con falafel de Caravasar

Pastel de Matcha con helado de Caravasar

Pastel de Matcha con helado de Caravasar

El jueves me levanté temprano para ir a Chichicastenango. Pasé casi toda la noche leyendo los pocos artículos que encontré en línea del lugar. Tengo años de estar rogando a mi familia y/o amigos para ir. Luego de nunca lograr extorsionar satisfactoriamente a nadie, decidí lanzarme sola. Cuando me estaba preparando el día antes, mi paranoica mamá decidió que eso no era una buena idea, y que si no me molestaba, mejor irían conmigo. Tenía muchas ganas de ver el mercado, comprar mangos, caminar en otras alturas y hablar con gente. Por suerte llegamos un poco antes que se abalanzaran los turistas. La iglesia estaba en todo el esplendor de Semana Santa y no había rastro de las planchas de cemento con todas las velas de ceremonias mayas (que es lo más curioso -en mi opinión- del lugar). Pude ver unos murales pintados en el edificio de la municipalidad, la entrada de la municipalidad indígena (polémico tema en estos días) y contamos un poco de chismes con las chicas que vendían flores en el graderío de la iglesia. Me comí media docena de tortillas mientras caminaba. Una chica que vendía máscaras me insistía que le comprara una máscara a mi novio. Como todo me da risa, me empecé a reír con ella y entonces mejor me ofreció una máscara para mi ex novio "así se desaparece", y yo me volví a reír. 

Mi canasta paseó por todos lados y la llené de mangos y tortillas de colores. Probé media docena de cosas y me quedé con ganas de probar media docena más. Luego de otra caminata por la pequeña ciudad, nos despedimos y me quedé dormida en el carro (mientras resguardaba mis mangos con mis pies). 

Abrí los ojos al día siguiente, y bajé corriendo como niña en navidad a determinar el destino de los mangos que estaban aún resguardados en mi canasta. 

Hay una chica que se llama Maria Andreé Osoy. Estudió arquitectura en la Marroquí con una de mis mejores amigas. La conozco, como uno conoce a la mayoría de personas, de vista, pero nunca le hablé. Resulta que ahora está viviendo en Londres y tiene un blog de comida saludable que se llama Fit Stiches (en Instagram @fitstitches). Cuando descubrí su instagram y su blog me arrepentí de no haber sido amigas (y eso es lo interesante de mi nuevo propósito de hacerme amiga de las personas que me parezcan geniales). Resulta que hace un par de días Maria Andreé posteo una foto de unos "spicy mango pops" (helados de mango con tajin). Llevo tantos días con ganas de mango y esa foto solo hizo que mi obsesión se duplicara. Así que por fín me lancé a probar su receta (pueden verla en su Instagram, solo hay que mezclar todos los ingredientes en una licuadora y poner a congelar por como 5-6 horas). El resto de mango se fue en un helado de mango y piña con yogurt griego y lo demás me lo comí con sal y tajín mientras navegaba a Cortazar en el jardín. 

Los días siguieron pasando y yo seguí ensuciando la cocina, haciendo travesuras por la ciudad y alrededores y avanzando en pendientes. Para mí, los días libres se vuelven un ritual de curiosidad, pero es importante recordar que este ritual de curiosidad no se puede limitar a los días que tenemos libres (como si la vida estuviera en pausa). Hace un par de meses le quité la pausa a mi vida... y veremos a qué remolinos me enfrentaré.

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