Coming of Age

Coming of Age

Escrito algún día de octubre del 2017...

Les escribo desde la cocina de mi "flat". Desde esa cocina que me he rehusado a usar las últimas dos semanas. Estoy sentada, viendo mi reflejo en la ventana seudo abierta para que se escape el olor a ajo de la pierna cerdo deshuesada que estoy horneando. En esta mesa hay algunas cervezas alemanas, "english crisps", papel mayordomo, una bolsa con restos de KFC, dulces de India, salsas chinas y algunas sopas instantáneas que nos regalaron al mudarnos.

Nada de lo que está en la mesa es mío.

Hasta inicios de esta semana, lo único en la cocina que era mío era una bolsa de café de Paradigma que traje desde la ciudad. Mientras tanto, mis flatmates asiáticos se encargaron de llenar la cocina con ingredientes de vidas paralelas.

En mi casa, mi cocina era mi lugar favorito de la casa. La cocina era el lugar donde todos convivíamos, reíamos y peleábamos. También era el lugar donde yo meditaba, mientras mi cuchillo se paseaba rápidamente entre mis uñas. Mis movimientos en la cocina eran casi automáticos, algo así como ensayados. En mi cerebro y manos estaban grabados los movimientos que tenía que hacer para encontrar los utensilios adecuados y ya había logrado acumular las especies, aceites, salsas y demás elementos (según yo) fundamentales para mi existencia. 

Así que, jugando a la protagonista de un "coming of age", en estas dos semanas he tenido la mayor cantidad de desafíos y aventuras. Es extraño verte reflejada en una vitrina y descubrir que sos la adulto que soñabas de niña, pero que las cosas no te salen tan natural. Es divertido darte cuenta que puedes estar en la ciudad más maravillosa del mundo, que al enfrentarte a la realidad de estar tanto tiempo fuera de casa, quisieras regresar solo por el fin de semana a dormir a tu cama. Es curioso darte cuenta que las ganas de huir no eran tantas.

Luego, te ves sentada en un café, con tu computadora, un vestido puesto, escribiendo cosas "inteligentes". Ves a través de la vitrina a las personas pasar y te das cuenta que tendrás la extraña oportunidad de parecer un habitante más de esta cosmopolita ciudad. Observas tu carnet universitario (luego de años sin ir a la universidad), ves tu convertidor conectado a la pared del café y te das cuenta que en dos horas tendrás clases. Realmente, no estás "pretendiendo" ser un habitante más de la ciudad. Serás un habitante más de la ciudad detestando la pick hour del Tube y huyéndole a ciertas estaciones. Odiarás Oxford Street y esquivar turístas con fanny packs y selfie sticks. También serás uno de esos turistas, especialmente los fines de semana. 

Entonces, compras un sartén, una tabla de picar (de madera y no de plástico), cebollas, ajo, sal, pimienta, dos bloques de mantequilla. Compras una paleta de madera, un set de cubiertos, platos, vasos y una olla. Caminas del supermercado con millones de bolsas enredadas en las manos y trepas las gradas como si fuera una prueba de resistencia. Corres de vuelta por haber olvidado la billetera en el supermercado. Tiemblas de felicidad al recuperarla. 

Regresas de clases un lunes, a las diez de la noche y decides cocinar de nuevo. Aparentemente los movimientos siguen siendo los mismos. Olvidas comprar guantes aislantes, haces unos de papel mayordomo. Recuerdas lo feliz que esto te hace. Te das cuenta lo feliz que te hace que la estación de metro esté a la par de tu edificio. Sonríes al pensar que puedes bajar en pants al supermercado y que poco a poco harás de este extraño lugar un nuevo hogar para tí. 

Partes el cerdo. El cuchillo prestado se desliza por la crocante piel y se resbala rápidamente. Lo colocas en la tabla de madera y tus compañeros lo prueban con una expresión extraña en la cara. 

Meses después... serás la persona más feliz y jamás querrás irte.

Libertad en el Centro Histórico

Libertad en el Centro Histórico