Nieve y Amor

Nieve y Amor

El 26 de febrero inició una nevada en Londres. Esa semana fue un asunto extraño. Las temperaturas bajaron terriblemente y la nieve se apoderó de la ciudad. Por las mañanas me sentaba en la cama y veía a través de la ventana como los copos de nieve caían rápidamente en el pavimento. Londres tenía años de no ver una nevada de estas, especialmente en la última semana de febrero. 

Ese lunes 26 de febrero tuve un par de reuniones maravillosas. Luego regresé a casa y después de acurrucarme cinco minutos en mi cama, me cambié y corrí de nuevo a clases. Salimos de clases y el frío terrible nos hacía a todos temblar un poco. Ví mi celular. Tenía un mensaje de una persona que me esperaba a las 8 en un bar. Ya iba tarde y el transporte público era un caos. 

Decidí sacar a jugar mis antiguos entrenos de corredora y corrí por todo Kingsway hacia la estación de Temple. Bajé las gradas con las cintas de los tennis desamarradas. En la plataforma me encontré a tres amigos. Un amigo me amarró las cintas de los zapatos y los otros dos me ayudaron a elegir qué color de pinta labios se veía mejor. Entre risas y bromas, nos subimos al tren que llegaba un poco atrasado y lleno de personas. Fue uno de esos momentos en los que sentí felicidad plena en mi vida. 

Le susurré a mi amiga que vería a un chico esa noche. Nos reímos en secreto mientras el tren pasaba la estación de Tower Hill. Por fin llegamos a la estación. Subimos las gradas corriendo y mis amigos se despidieron de mí. Crucé la calle corriendo, viendo como los copos de nieve y el frío jugaba con mi pelo. Entré al bar. El color amarillo y el olor a cerveza inundó los poros de mi cara y sentí que me descongelaba un poco. Movía mi cabeza como loca buscando una cara familiar. 

Te encontré sentado en la mesa más irrelevante del bar, con tu chaqueta gris. Estabas viendo Top Gear y llevabas algo así como media hora esperándome. 

Te toqué el hombro y con un pequeño salto te paraste a saludarme. Te veías exactamente igual a como te recordaba y un poquito mejor. Estabas tomando una cerveza. Yo estaba tan nerviosa que no quería pararme a pedir nada en la barra. Mis intentos de no pararme se  vieron frustrados cuando unas chicas me pidieron que les tomara unas fotos. Me dieron una cámara desechable. No recordaba como se usaban esas cámaras. Mientras trataba de tomar la foto recordaba que estabas sentado detrás mío y que probablemente ya te habías encargado de inspeccionar todo mi atuendo (por no decir otra cosa). 

Me senté de nuevo y conversamos de todas aquellas cosas irrelevantes de las que uno conversa mientras piensa en lo mucho que quiere besar a la otra persona. Yo veía tus ojos y tu veías mi boca. Me tomé una cidra. Me tomé otra. Luego de una extraña conversación sobre la ética en el periodismo decidimos cambiarnos de mesa. En ese momento no entendía el por qué. 

Nos sentamos en una mesa con sillas altas. Creo que fue la primera vez que pude sentarme en una de esas sillas sin tropezar como la absoluta torpe que soy. Reímos un poco más. Tu acercabas tu silla a la mía. 

Empezamos a hablar del este de Londres. Del barrio que compartíamos. Me empezaste a contar lo mucho que te gusta vivir ahí. Luego me miraste a los ojos y me dijiste, "tú vives en el este de Londres" y en un abrir y cerrar de ojos me tomaste la cara y me besaste. 

Coming of Age

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